Asociación Cultural Padre Serapio. Bercianos del Real Camino
Categorías
- Actividades (67)
- Concursos (39)
- Convocatorias (4)
- La Asociación (56)
- La Asociación. (5)
- Presentación (1)
- Semana cultural (27)
lunes, 20 de julio de 2026
martes, 19 de mayo de 2026
XIII CONCURSO DE RELATOS BREVES “UNA HISTORIA EN EL CAMINO”
CONVOCA: ASOCIACIÓN CULTURAL PADRE SERAPIO. BERCIANOS DEL REAL CAMINO (LEÓN)
BASES
2. Los
trabajos se presentarán en lengua castellana, han de ser originales e inéditos
y no podrán haber sido premiados con anterioridad en ningún otro concurso
literario. No se
admitirán relatos cuyo autor haya sido premiado en ediciones anteriores de este
concurso.
3. Tema: será libre, pero en el relato se deberá mencionar de forma expresa “El Camino de Santiago”.
4. Extensión,
soporte y formato: Relatos de hasta un máximo de 3 hojas tamaño DIN A-4,
letra tamaño 12 y párrafo con interlineado 1,5. Ficheros de texto Word u Open
office.
5. Forma
de presentación y envío: Por
cada obra se enviará dos ficheros al correo electrónico asociacionpadreserapio@gmail.com
con los siguientes contenidos:
-
Un fichero denominado RELATO, seguido del “título de la obra” que contendrá el
relato presentado, y no habrá datos identificativos de la persona autora.
-
Y otro fichero denominado PLICA que contendrá el título de la obra, el nombre y
apellidos del autor, así como su dirección completa, y número de teléfono.
6. Plazo de presentación: Hasta el 21 de junio de 2026 a las 23:59 horas (hora española), según datos de recepción del correo electrónico en destino.
7. El
jurado, cuya composición será decisión de
8. El
fallo se comunicará personalmente al ganador del concurso y se hará público,
entre otros medios, a través del blog de la Asociación Cultural Padre Serapio,
antes del día 8 de septiembre de 2026.
9. Se
establece un premio al mejor relato,
dotado con 150 €.
10. La
Asociación Cultural Padre Serapio podrá publicar en su blog http://asocpadreserapiobercianos.blogspot.com y en cualquier otro medio, el trabajo premiado en este concurso.
11. No se
devolverán los relatos no premiados.
12. La participación en el concurso implica la
total aceptación de estas Bases.
lunes, 1 de septiembre de 2025
PUBLICACIÓN DE LOS RELATOS QUE HAN OBTENIDO MENCIÓN ESPECIAL EN EL XII CONCURSO DE RELATOS "UNA HISTORIA EN EL CAMINO"
MENCIÓN PARA EL SEGUNDO MEJOR RELATO
El
cuaderno de los 100 días
Autora: María Chust Pérez
La doctora respiró hondo antes de hablar, como
si necesitara fuerza para romperle el corazón a otro padre.
—Tu hija tiene gliomatosis cerebral .
—¿Qué es eso? —preguntó David, con voz hueca.
—Un tipo de tumor cerebral raro. Muy agresivo.
No responde al tratamiento. Nos quedan... unos tres meses. Quizá algo más.
El nombre flotó en su cabeza como una palabra
mal inventada. Gliomatosis cerebral . No parecía real. No sonaba como
algo que existiera. Pero existía. Y estaba matando a Clara.
No lloró. Aún no. Asintió con una especie de
dignidad rota y salió del hospital. Clara se quedaba ingresada. Había empeorado
en las últimas horas. Él solo iba a casa a recoger sus cosas.
Caminaba
como si todo el mundo se hubiera vuelto ajeno. Pasó por delante de una
papelería y algo lo detuvo. En el escaparate, entre bolígrafos y carpetas,
había un cuaderno sencillo, de tapas lisas, color crema. No destacaba, pero
algo en él le atrajo. Entró y lo compró.
En las escaleras de su edificio, ya supo para
qué lo quería:
"Voy a escribir todo lo que me
recuerde a ella. No quiero que se me escape. Si solo quedan cien días… que cada
uno cuente."
Aquella
noche, en la habitación del hospital, Clara dormía con un hilo de oxígeno y
fiebre en las mejillas. Sus pestañas temblaban al soñar.
David abrió
el cuaderno y escribió:
Día 1: Hoy bailamos bajo la lluvia.
Dijiste que las gotas eran cosquillas del cielo. Y yo te creí.
Los días
fueron cayendo como hojas en otoño. Clara se debilitaba, pero su ternura
permanecía intacta. David escribía cada noche como si las palabras pudieran
retener la vida.
Día 4: Te pintaste las uñas de azul.
Dijiste que así te dolía menos respirar. Reíste con la lengua azul de un
caramelo.
Día 12: Me dijiste que los abrazos eran
medicina. Hoy nos dimos catorce. Dijiste que era la dosis justa.
Intentó
contactar con Ana, la madre de Clara. No se veían desde que la niña tenía
cuatro años. Habían hablado poco desde entonces, casi nada. Le envió un
mensaje:
"Clara
está muy enferma. Le queda poco. Quizá deberías venir."
Horas
después, Ana llamó. Su voz era baja, llena de nudos.
—No sé si sabría mirarla. No he estado. No fui
capaz. Y ahora... no sé si tengo derecho.
—Lo tienes. Solo tienes que perdonarte —dijo
David. Ana colgó. Él no insistió.
Día 33: Preguntaste si los ángeles
tienen papá. Te dije que sí, y que yo seré uno cuando te vayas. Me miraste
raro. Luego me diste un beso.
Día 45: Hicimos una lista de cosas
imposibles: montar un unicornio, tocar una nube, no quererte. Dijiste que la
última no era tan imposible. Yo dije que sí. Que era la más.
Clara
comenzó a necesitar ayuda para todo. Ya no caminaba. Después, ya no hablaba
tanto. A veces, solo sonreía con los ojos. O dormía casi todo el día.
David lloraba en los pasillos, en los baños,
en el coche. Pero nunca delante de ella. Jamás.
Día 57: Jugamos a cerrar los ojos y
recordar cosas felices. Tú dijiste: “Esta”.
Día 67: Hoy me hiciste un dibujo: un
corazón con alas. Me dijiste: “Es para que no te duela tanto cuando me vuele”.
Esa misma
noche, ella le acarició la cara con dedos frágiles y le dijo:
—Papá…
¿cuando yo ya esté en el cielo… me prometes que seguirás sonriendo fuerte, para
que yo pueda verte desde arriba?
David
sintió que algo dentro se quebraba.
—Te lo
prometo.
Día 93: Me pediste que no llorara
cuando te vayas. No pude prometerlo. Solo te abracé tan fuerte que creí que mi
corazón se quedaba en el tuyo.
El día 99
llegó silencioso, como si el mundo supiera lo que estaba por ocurrir.
Clara no
podía moverse. Sus ojos se abrían apenas. Le pidió que le leyera el cuento del
dragón valiente y la niña sin miedo. Se durmió antes del final, en sus brazos.
David se
quedó con ella así, como si el tiempo no pudiera hacerle daño mientras la
abrazara.
Por la
mañana, no respiraba.
El monitor
estaba en silencio. Él ya lo sabía. No gritó. No se movió. Solo la abrazó más
fuerte, como si pudiera anclarla a este mundo. No escribió. El día 100 quedó en
blanco.
Aquella
tarde, Ana apareció. Se asomó a la puerta de la habitación. David estaba
sentado junto a la cama vacía, con el cuaderno sobre las piernas. Ella no dijo
nada. Solo se acercó, lo abrazó por la espalda, y lloró con un dolor callado,
lleno de todo lo que ya no podía ser.
David no la
apartó.
Semanas
después, David comenzó el Camino de Santiago. Clara había dicho una vez:
—Cuando me
cure, quiero hacerlo contigo. A pie. Hasta el final.
No se curó.
Así que él
fue por los dos.
Pasó
pueblos, montes, lluvia, ampollas. Y a veces, sintió que alguien caminaba junto
a él, ligera como una mariposa. Cuando llegó a Santiago, frente a la catedral,
con las piernas temblando y el cuaderno en la mochila, lo abrió. Y por fin
escribió:
Día 100
Hoy
llegué a Santiago. Tu sueño. El nuestro. Cerré los ojos y te imaginé corriendo
entre los peregrinos, riendo como cuando eras feliz.
Hoy
sonreí. Fuerte.
¿Lo viste?
MENCIÓN PARA EL TERCER MEJOR RELATO
La cruz y el hueco
Querido
parásito:
Te escribo
desde un banco de piedra en Bercianos del Real Camino, donde las cigüeñas se
saludan por su nombre y el silencio cruje como pan de víspera. Tú aún no sabes
lo que es un pueblo, ni un camino, ni una madre. Yo tampoco sabía lo que era
ser madre hasta que decidiste acampar en mi útero como un inquilino sin
contrato, sin modales y con permanencia indefinida. Desde entonces, compartimos
cuerpo, insomnios y gases. Un trato justo. Podrías haber salido del alma —como
los traumas o los poemas—, pero elegiste el atajo biológico.
Hago el Camino
de Santiago porque quise huir de todo, pero resulta que todo cabe en una
mochila: la culpa, el eco de una voz que ya no llama y el miedo a ser más madre
que persona. Pensé que andando se me irían cayendo los recuerdos como piedras,
pero lo único que he perdido es la contraseña del WiFi. No sé si nacerás con mi
sarcasmo o con la frente de tu padre, pero ojalá heredes mis pies: aguantan
ampollas, decisiones y desengaños como santos en romería.
Anoche dormí
en un albergue con olor a linimento, sudor rancio y confesiones medio en vela.
A mi lado, una coreana lloraba por un divorcio digno de guionistas de
telenovela; más allá, una alemana leía el Fausto en calzoncillos
térmicos. Y tú, dentro de mí, creciendo en silencio, como si esta tragicomedia
humana —con banda sonora de ronquidos y almas a medio cocer— no te afectara.
Hoy crucé
campos que parecían dibujados por un niño testarudo con solo dos lápices: verde
y ocre. Un señor me regaló cerezas y preguntó si el padre del niño lo sabía. Le
dije que sí. No le aclaré que el padre es un recuerdo borroso con barba, olor a
vino tinto y promesas vencidas. Supongo que el Camino me está volviendo
sincera. O cruel. O una mezcla soluble de ambas.
Aquí, los
muertos no se van del todo: se quedan sentados en las esquinas, mirando cómo
pasan los vivos, como si esperaran que alguien los reconozca. Me gusta esa fe
sin sotanas ni cilicios. Una fe de pan y tierra. Si algún día decides venir
hasta aquí —cuando ya no estés flotando en líquido amniótico, sino caminando
con tus propias heridas—, no olvides mirar al cielo al amanecer. Esta gente lo
hace por costumbre, sí, pero también por miedo: miedo a que se les olvide que
el sol aún sale sin que nadie lo pague.
Cuando naciste
en mí, nacieron también las preguntas. ¿Te gustará la lluvia? ¿Heredarás mis
rodillas feas? ¿Sabrás hacer el amor con palabras? Ojalá. Pero si no, al menos
que sepas esto: tu madre caminó el Camino. No para encontrarse. Para
encontrarte.
Pececillo mío:
Hoy crucé una recta tan larga que el horizonte parecía
un rumor inventado por los mapas. Caminábamos como si el suelo nos susurrara
secretos antiguos. El Camino no te habla: te escucha. Y cuando lo hace, lloras.
Sin razón aparente. Solo porque algo dentro se deshiela. Hoy me tocó a mí.
No lloré por ti. Eso lo hago a ratos, con descaro y
sin pañuelos. Lloré por la mujer que fui antes de tenerte: la que miraba
escaparates vacíos, la que confundía amor con distracción. Aquí hay una quietud
que no se parece al silencio: se parece a la verdad. Nadie pregunta en qué
trabajas. Nadie ofrece respuestas. Y eso, criatura mía, se parece mucho a la
libertad.
A media mañana, un niño del pueblo me preguntó si ya
dabas patadas. Le mentí. No pateas: flotas. Como si intuyeras que crecer es un
castigo suave, una deuda con el tiempo. Me gusta imaginarte navegando dentro de
mí, ajeno al ruido, como un dios menor en su océano de urgencias.
Aquí la gente no saluda con la mano, sino con la
mirada. Una anciana me ofreció un bizcocho envuelto en una servilleta y me
dijo: “Camine despacio, que el que llega pronto se pierde las preguntas”.
Anoche soñé contigo. Tenías su voz. Vieja. Serena. Como si vinieras desde muy
atrás, desde mucho antes de mí.
Hoy te hablé en voz alta. Te conté la historia del
peregrino que cargaba una piedra por su hijo muerto. Una piedra que pesaba
menos que el recuerdo. Caminaba para sentirlo cerca, aunque solo quedara la
ausencia. Tú no tienes nombre aún, pero ya eres la forma exacta de un hueco que
no sabía que tenía.
Ahora escribo mientras la tormenta se arrastra por los
tejados. Huele a tierra recién confesada. Tú duermes. O finges. Me basta con
saber que estás. Que habitas. Que si algún día te rompes —porque te romperás,
amor mío—, sepas mirar al frente y decir sin miedo: “El Camino empieza otra vez”.
Con barro en las botas y luz en los ojos,
Tu madre.
Cachorro mío:
Hoy llegué a la cruz de madera que corona el monte. No
hay nada allí, salvo viento… y los restos de quienes fuimos. La gente deja
piedras. Yo también dejé una, aunque era invisible. Era la culpa. El miedo. El
“no sé si podré ser tu madre”. La dejé allí, despacio. El cielo no tembló. Pero
algo en mí sí: se volvió más liviano.
He conocido caminantes sin pies, hombres que ríen con
las heridas abiertas, mujeres que cargan muertos como si fueran cartas de amor
mal cerradas. Todos llevan algo a la espalda, vida mía. Yo te llevo a ti. Y,
por primera vez, no pesa. Es más: me sostiene.
Mañana llegaré a Santiago. No espero milagros ni
catedrales llenas. Solo deseo que un día nazcas sabiendo esto: hubo un camino
antes de ti, y en cada paso —torpe, testarudo, verdadero—, yo ya te elegía.
Porque no se empieza a ser madre con un parto. Se
empieza caminando con alguien que aún no ha nacido… y sintiendo que ya te
habita.
Te espero en la próxima vida.
En la que empieza cuando llegues.
Tu madre,
ya sin piedras.
PUBLICACIÓN DEL RELATO GANADOR DEL XII CONCURSO DE RELATOS "UNA HISTORIA EN EL CAMINO"
A veces, el norte
No había
contado con el frío.
Pensaba
que mayo en el interior sería suave, templado, pero las mañanas eran una
cuchilla mansa. Caminaba encogida, como si el viento se colara por las costuras
de su abrigo y por los recuerdos que no quería enfrentar. Las botas nuevas le
apretaban el empeine, y el silencio del camino era tan amplio que sus
pensamientos resonaban como si los gritara. En esas primeras horas, cuando el
mundo parecía no haberse despertado del todo, se obligaba a caminar sin mirar
atrás.
Había
salido sola desde Astorga. No era el inicio clásico, pero le parecía
suficiente. Desde allí aún quedaban muchos kilómetros por recorrer, y no
necesitaba más. “Lo harás muy tarde”, le habían dicho algunos compañeros de
departamento. Pero ella no buscaba credenciales, ni compostelas, ni medallas.
Buscaba, sencillamente, no deshacerse. Después de meses viviendo en una inercia
que no le pertenecía, quería detenerse. Y andar era su única forma de pararse.
Había
dejado Canarias hacía poco más de tres años. Cuando ganó la plaza en una
universidad peninsular, apenas titubeó. Había trabajado demasiado, se había
dejado la vida para ser profesora universitaria, investigando sin financiación
y subsistiendo a través de trabajos mal pagados que la mantuvieron a flote
durante años. No podía dejar pasar esa oportunidad. Su pareja, Elena, profesora
de instituto, no quiso mudarse con ella. “Yo ya tengo mi sitio aquí”, afirmó,
sin dejar espacio para réplica. Lo intentaron un tiempo a distancia, pero se
les fue apagando la voz, como una radio mal sintonizada. De hecho, a los pocos
meses, su relación se quebró del todo. Y ella, aunque rota, no suplicó. Ya
tenía demasiadas pérdidas como para añadir una más a plazos.
En
cuanto a sus padres, la despidieron en casa. No hubo aeropuerto, ni pañuelos
agitados detrás de cristales. Su madre la abrazó largo, como si quisiera
memorizarle el olor, y le dijo que todo saldría bien. Su padre no dijo mucho.
No hacía falta. La miró con esos ojos azules que a veces parecían los suyos
propios, como si en el fondo ya supiera lo que venía.
La
universidad era hermosa, con claustros silenciosos que olían a piedra antigua y
a café de máquina. El equipo docente era pequeño, y con una profesora de
lengua, en particular, tejió enseguida una complicidad serena, de esas que se
agradecen sin necesidad de grandes gestos. El estudiantado también la había
recibido con calidez desde el principio. Eran grupos pequeños, y en el aula
sentía que había atención, escucha e, incluso, afecto. No era un mal lugar.
Todo lo contrario: en muchos aspectos, era un espacio amable.
Pero
todo, absolutamente todo, era distinto. No solo el frío que se le metía en los
huesos desde octubre, un frío húmedo que parecía pegarse a la piel y no irse
aunque llevara capas y capas encima. Las nieblas bajaban como un telón sobre la
ciudad y lo envolvían todo en una quietud rara, casi irreal. Y luego, sin
transición, llegaba el verano: un calor sin consuelo, que caía a plomo sobre
las aceras y convertía en hostiles las calles. Y primavera casi no había. El
clima cambiaba de un extremo a otro como si alguien apagara una luz y
encendiera otra. Lo único bueno es que le servía como excusa. Cuando le
preguntaban cómo estaba, respondía quejándose del frío o quejándose del calor, pero
lo que realmente dolía no era el aire helado ni el sol implacable, era la
sensación de no tener historia en ningún lugar. Y la verdad es que nadie quería
una respuesta de verdad. En Canarias no todo era fácil. Pero, aquí, a veces, se
sentía como un vaso lleno en una mesa que no era suya.
En
clase hablaba de Sor Juana, de Rosario Castellanos, de Alejandra Pizarnik. Se
aferraba a las autoras como a un salvavidas. Pero salía del aula con los
nudillos fríos, y no había nadie al otro lado del día que la sostuviera sin
pedirle explicaciones. El Camino de Santiago fue una decisión impulsiva. Una
compañera se lo sugirió: “Dicen que ayuda a pensar”. Ella lo interpretó como
una invitación a desaparecer sin dejar de estar.
El
tercer día, en una curva entre robles, alguien la alcanzó. Era una mujer de
paso firme y mirada serena. Llevaba el cabello claro, peinado por el viento y le
sonrió con naturalidad, como si ya se conocieran.
—¿Mucho
trecho hoy? —le preguntó.
Ella
dudó antes de responder.
—Lo
suficiente para que duelan más los recuerdos que los pies.
La
mujer rio, una risa corta, honesta.
—Entonces
vas por buen camino.
Se
presentó como Clara. Venía desde León. Iba sola, sin metas, “solo por
desconectar”. Trabajaba en una empresa de seguridad digital. “Cosas de las que
nadie se acuerda hasta que falla todo”, bromeó. Tenía arrugas junto a los ojos,
de esas que no envejecen, sino que cuentan historias. Llevaba el pelo recogido,
las botas gastadas, y una manera de caminar que no necesitaba mapa.
Caminaron
juntas sin acordarlo. En las cuestas, se adelantaban y se esperaban sin
hablarlo. En los silencios, una escuchaba cómo respiraba la otra. A veces
hablaban. De libros. De exilios. De lo difícil que era hacer amistades nuevas
después de los cuarenta. En un albergue cerca de Rabanal, mientras la lluvia
golpeaba los cristales, compartieron un termo con café, algo de fruta y unas
galletas.
—¿Siempre
has enseñado literatura? —preguntó Clara.
—No.
Durante años trabajé en lo que salía. Trabajé en un bingo, vendí pizzas... No
fue fácil, así que cuando gané la plaza, me pareció un milagro. Pero ahora no
estoy tan segura de que lo fuera.
—¿Te
pesa?
Ella
miró por la ventana. Un perro flaco cruzaba el patio del albergue.
—Me
pesa no saber quién soy sin tener que demostrarlo todo el tiempo.
Hubo
un silencio largo. Clara le tocó la mano.
—Eso
también se puede aprender.
No
hablaron más esa noche. Compartieron litera, separadas por un suspiro de
madera. Afuera, seguía lloviendo, y dentro, el cuarto olía a lana húmeda y a
linimento. Ella cerró los ojos y, por un momento, se permitió imaginar otra
vida, otra posibilidad. No fue deseo exactamente. Pero sí una forma de ternura
que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
Los
días siguientes fueron lentos y preciosos. Desayunaban sin prisa, se contaban
trozos de infancia, discutían sobre novelas que ninguna recordaba del todo. En
un puente de piedra, Clara le recitó unos versos de Cristina Peri Rossi que
ella había olvidado y sintió que alguien le devolvía una parte que creía
muerta.
El
último día juntas, Clara anunció que debía desviarse. Una reunión ineludible.
Se encontrarían más adelante, quizá, o no. En un recodo del sendero, se
detuvieron.
—Quizá
el Camino no es llegar a Santiago —dijo Clara—. Quizá es recordar quién eras
antes del cansancio.
Ella
no respondió. Pero cuando Clara le rozó la mejilla con los dedos fríos y le
dijo: “Te veo”, sintió que la conocía desde antes. En sus ojos, las arrugas se
le marcaban más que nunca. Como si hubieran visto demasiado.
Cuando se alejó, no dijo adiós. Y
ella siguió caminando, aunque sin dejar de llorar. Lloraba por su madre, por
Elena, por sí misma. Por todo lo que había dejado atrás y que, de alguna forma,
seguía tirando de ella como una raíz seca. De repente lo entendió: añorar tanto
no le permitía mirar con claridad lo que tenía delante.
Al
llegar a la siguiente etapa, se detuvo. El cuerpo le pesaba, pero no solo por
el camino. Alzó la vista. El norte seguía allí, entero.
RESULTADO DEL XII CONCURSO DE RELATOS "UNA HISTORIA EN EL CAMINO"
Premio al mejor relato: "A veces, el norte". Autora: Yasmina Romero Morales
Mención especial para el segundo mejor relato: "El cuaderno de los 100 días". Autora: María Chust Pérez.
Mención especial para el tercer mejor relato: "La cruz y el hueco". Autor: Alberto Álvarez Bravo.
Nº de relatos presentados: 170
Próximamente publicaremos en este blog los relatos premiados.
Gracias a todos los que habéis participado en este concurso.
viernes, 18 de julio de 2025
viernes, 16 de mayo de 2025
CONVOCATORIA XII CONCURSO DE RELATOS "UNA HISTORIA EN EL CAMINO"
ORGANIZA: ASOCIACIÓN CULTURAL PADRE SERAPIO. BERCIANOS DEL REAL CAMINO (LEÓN)
BASES
1. Pueden concurrir a este certamen todos las personas mayores de 16 años, cualquiera que sea su nacionalidad
2. Los trabajos se presentarán en lengua castellana, han de ser originales e inéditos y no podrán haber sido premiados con anterioridad en ningún otro concurso literario. No se admitirán relatos cuyo autor haya sido premiado en ediciones anteriores de este concurso.
3. Tema: será libre, pero en el relato se deberá mencionar de forma expresa “El Camino de Santiago”.
4. Extensión, soporte y formato: Relatos de hasta un máximo de 3 hojas tamaño DIN A-4, letra tamaño 12 y párrafo con interlineado 1,5. Ficheros de texto Word u Open office.
5. Forma de presentación y envío: Por cada obra se enviará dos ficheros al correo electrónico asociacionpadreserapio@gmail.com con los siguientes contenidos:
- Un fichero denominado RELATO, seguido del “título de la obra” que contendrá el relato presentado, y no habrá datos identificativos de la persona autora.
- Y otro fichero denominado PLICA que contendrá el título de la obra, el nombre y apellidos del autor, así como su dirección completa, y número de teléfono.
6. Plazo de presentación: Hasta el 22 de junio de 2025 a las 23:59 horas (hora española), según datos de recepción del correo electrónico en destino.
7. El jurado, cuya composición será decisión de la Junta Directiva de la Asociación Cultural Padre Serapio, tendrá además de las facultades de otorgar o declarar desierto el premio y emitir el fallo, las de interpretar las presentes bases. La decisión del jurado será inapelable.
8. El fallo se comunicará personalmente a los premiados y se hará público, entre otros medios, a través del blog de la Asociación Cultural Padre Serapio, antes del día 7 de septiembre de 2025.
9. Se establece un premio al mejor relato, dotado con 150 €. Se hará una mención especial, a los dos relatos finalistas.
10. La Asociación Cultural Padre Serapio podrá publicar en su blog http://asocpadreserapiobercianos.blogspot.com y en cualquier otro medio, los trabajos premiados en este concurso, incluyendo los dos relatos finalistas.
11. No se devolverán los relatos no premiados.
12. La participación en el concurso implica la total aceptación de estas Bases.