lunes, 16 de septiembre de 2019

RELATO PREMIADO EN EL VIII CONCURSO DE RELATOS "UNA HISTORIA EN EL CAMINO"


Primer Premio 
Rutina troceada.    
Autora: Angeles del Blanco Tejerina                                      

El cuchillo abre la zanahoria longitudinalmente con un corte preciso. Coloca las partes planas sobre la tabla y corta, corta, corta en finísimas tiras. El filo sube y baja, los dedos retroceden a la misma velocidad. Hoy toca corte juliana, ayer en cuadrados perfectos. Filo arriba, abajo, dedo atrás, arriba, abajo, atrás, sin mirar, con los ojos sueltos, traspasando el cristal, chocando contra las piedras bañadas de luz. Troceada la zanahoria el puerro se tiende en la tabla. Corte longitudinal y filo arriba, filo abajo, mientras la mirada de Olga sobrevuela el patio, ese mundo exterior es cuadrado, tiene un pozo y una parra que se enrosca y trepa por los pilares para terminar desperezándose, extendiéndose por las vigas que sujetan el corredor.  En el corredor hay ropa tendida en una cuerda, se balancea buscando aire y sol, ahuyentando cansancio. El agua hierve. Sobre la tabla ya se ofrece media berza, es suave, el cuchillo se desliza sobre ella y los dedos retroceden. Avance, retroceso y monotonía. Supervivencia.
La campanilla de la entrada anuncia peregrino. Olga detesta los timbres, los ruidos en general, se mueve mejor en el silencio. Sale a abrir limpiándose las manos, mientras calcula que ya son seis para cenar. Añadirá otra zanahoria y otro puerro. Tira fuerte, el portón se resiste porque creció con la humedad. Cuando la bisagra cede, Olga mira al suelo. Es un ritual convertido en liturgia: lo primero que mira son los pies del peregrino, porque dicen más que los ojos y la boca. Dos pares de zapatillas de trekking. Ya son siete para cenar. Dos puerros y dos zanahorias más. Zapatillas modernas, de material ultraligero, colores flúor. Chicas jóvenes, sin duda, de las que aún no tienen pesares en el alma ni tonos oscuros en la paleta. Cuando ve sus caras cree haberlas recibido durante siete vidas: ojos orientales, piel niña y sonrisa perenne, todo bajo sombreritos de paja. Saludan en su idioma y Olga cabecea y sonríe en el suyo, sólo conoce el castellano aunque apenas lo practica. Comprende un poco de inglés, algo el italiano y alguna palabra de francés, pero finge no entender y sustituye los sonidos por gestos mansos, universales, porque sabe callar y sonreír en 17 idiomas. Extiende el libro para que se registren, muestra la clave wifi anotada en una pizarra y sube a こんにち  y  な名前   al cuarto que compartirán con el americano de botas cuarteadas, y Flavio, el italiano de calzado cuarentón y polvoriento, posiblemente con demasiados desvíos en su camino.
Flavio lleva tres horas en el albergue. Ya se duchó, lavó la ropa y la tendió. Sentado en el suelo del corredor, con los pies al aire y la espalda apoyada contra la pared encalada, mira el patio que hay debajo. Cree haber viajado a la Edad media, cantos rodados y silencio, una parra y un galgo tumbado. Maravillosa desgana. Le parece formar parte de una escena del Quijote que leyó en su instituto del Trastévere. Al otro lado del patio la ventana de la cocina enmarca a la mujer que le recibió, como un cuadro. Tiene el pelo muy rizado, pantalón suelto tipo indi, camiseta con sisa demasiado amplia enseñando el ombligo y medio pecho por cada lado, pechos casi niños pero hermosos, calza alpargatas de esparto en chancleta. Es guapa y misteriosa. Corta verduras sin mirar, con los ojos volando lejos, muy lejos, cuanto más lejanos más tristes parecen. Flavio saca de la mochila el bloc y el lapicero. Pinta un patio, un pozo con perro, una parra sin uvas, un tendal sin secar…  suena la campanilla de la entrada. La mujer abandona el encuadre de la cocina y cinco minutos después sube seguida por dos chicas orientales. Ellas saludan con un gesto de cabeza, Flavio sonríe y agita el lápiz en el aire.
Sale del cuarto la mujer, parece flotar de tan suaves como son sus movimientos al bajar, desprende tonos grises que alimentan la mina del lapicero y Flavio sombrea el pozo con ellos. La mujer vuelve al marco de la ventana, a la tabla, a las verduras. Añade un toque de jengibre porque a los orientales les gusta ese sabor. Las tiras de verdura se retuercen en el agua. Saca huevos y patatas para hacer la tortilla, como ayer y antes de ayer, pero hoy cortará las patatas en rodajas finas, ayer la troceó en cubos perfectos. El cuchillo sube y baja, la patata suelta fécula y los ojos de Olga lagrimean, tal vez sea la cebolla o tal vez la ausencia. El aceite calienta en la sartén y los huevos se baten en un bol, bate y bate por instinto, con la vista apoyada en las botas y playeras que se airean sobre el pozo. Olga se pregunta qué calzado elegiría ella si algún día saliera de su cocina, su patio, su cuchillo y las verduras. Si en lugar de hacer cena para siete extraños cenara con un hombre que hablara silencio, como ella, y rescatara caricias que ya se enquistan de tanto guardarlas. Las amontona por si él volviera a recogerlas. Las patatas tiritan en el aceite, un temblor recorre los pechos niños, las verduras cuecen y su olor baña el aire, la parra, un perro y siete caminantes salivan mientras masajean los pies doloridos. Flavio pinta. Olga sueña.
El americano baja al patio en calcetines y bermudas. Acaricia al perro, entra al salón en busca de un refresco. La mujer abandona la cocina y se lo sirve. Él regresa al patio y ella empieza a poner la mesa de madera rugosa y gruesa, piel anciana suavizada por los roces. Sin mantel. Otro ritual: Siete platos. Siete vasos. Siete tenedores. Siete cucharas. Siete vidas… A Olga le gusta todo lo que se pueda numerar. Lo rutinario. Lo dócil. Cada día idéntico al anterior. Lavar sábanas, secar, barrer, hacer camas, pollo y pescado para comer, puré de verdura, tortilla de patatas y embutido para cenar. Pan de hogaza, de espelta, sin gluten para celíacos. Agua, vino y gaseosa. Únicamente varía el número de clientes. Máximo ocho porque sólo dispone de dos habitaciones y dos baños. Distintos países, idiomas, colores… pero siempre la misma Olga, la misma cena. Es la ventaja de alojarse un solo día. Recibe caminantes eufóricos, otros cargados de melancolía, hay quien deja la tristeza desparramada por el patio, otros pueblan las sábanas de chinches que habitaron otras camas. Todos llegan cansados, comen, duermen, ninguno permanece. Solo Olga.
Él estuvo a punto de hacerlo, pero siguió camino. Volvió dos veces más, antes de desaparecer para siempre. Fue al único que permitió quedarse dos noches, saltándose las normas, sobre todo las mentales, pero le negó la tercera. Volvió en primavera, cenó puré, tortilla de patata y durmió abrazado a su espalda niña. Regresó con el otoño. Puré, tortilla y una noche de regalo. Sexta y última. Porque Olga no quiso o no supo soltar nudos, cortar al bies, rasgar las normas. Comer la vida a bocados sin juliana, ni rodajas, ni cubos perfectos. Entendió tarde que aquel hombre hizo el Camino de Santiago una sola vez, las dos siguientes peregrinó hacia ella. Caminó hasta su silencio, su melancolía y los rizos en la almohada. Pagó tres noches y ella le regaló otras tres. Pero él quería cerrar el libro de visitas, descolgar la campanilla, borrar la clave wifi, adoptar al galgo y a la parra, rescatar su mirada del fondo del pozo. Siete servilletas, jarra de agua, jarra de vino, gaseosa… Los peregrinos bajan y se acomodan, unos hablan, otros miran, todos comparten la magia de la tarde empedrada en un pueblo de León cuyo nombre, tal vez no sepan escribir en su diario. Se fotografían ante el pozo con el galgo dormitando a sus pies y con Olga al fondo rematando la mesa. Puré de verduras, totilla de patata con cebolla. Embutido y ensalada. Todo sencillo, nutritivo, exquisito. Todo Olga, su huerto y sus gallinas. Sus ademanes lentos y ese vaho al mirar, que te empaña. Y casi duele.
De mañana, se van los caminantes desprovistos de polvo y sueño, dejando su cansancio entre las sábanas y un ¡gracias! en el libro de visitas. Se hilvanan las despedidas de unos con el registro de los que ya están cerca, tal vez al girar aquella curva... Flavio sale el último, mira largo a la mujer, tendiendo un puente por si ella desea cruzar alguna palabra, pero no lo hace. Se sonríen y separan. Flavio da tres pasos y se gira: “Me queda una duda y no quiero llevar más peso del necesario” Olga no responde pero su gesto es de espera: “¿Por qué cortas las verduras tan minuciosas si al final haces puré?” “Porque es lo único que distingue un día de otro”. Esa frase acompaña al italiano durante un tramo del camino, mientras ella deshace camas y tropieza con la lámina que él dejó sobre la litera: Un patio empedrado, un perro dormitando a la sombra de un pozo y unas alpargatas de esparto aireándose sobre el pozo. El calzado de sus rutinas. No soy la única que lee los pies, piensa, y sonríe de lado a lado. Sonríe. Aún sabe.